El Regreso del Quijote

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Cuando de repente suena el teléfono a media noche en una habitación de hotel en España, o tal vez en Italia, una figura enorme se remolonea entre las sábanas, estira su brazo y manotea hasta que consigue levantar el auricular. Del otro lado de la línea se escucha una voz trasnochada, algo embebida en alcohol e infinitamente cansada que le ruega: “Termine la película señor Welles, por favor, termínela”. La figura enorme lanza un suspiro largo y cuelga. Vuelve a dormirse.


La conversación, que tal vez nunca ocurriera en la realidad, se produce entre Orson Welles y Francisco Reiguera en algún momento de la década del 60. Ambos se conocen muy bien: son el director y protagonista, respectivamente, de una película legendaria, aquella que Reiguera ruega a Welles que concluya: El Quijote de La Mancha.

Orson Welles es el gran director estadounidense que revolucionó la creación cinematográfica en su era dorada y le llevó a la modernidad con el estilo innovador y arriesgado de su “Ciudadano Kane”. Un tipo tan genial como complicado que por esos años, los 60´s, se encontraba luchando contra los grandes estudios y la dificultad para financiar hasta el más mínimo de sus proyectos. Francisco Reiguera, por su parte, es un español expatriado por su afiliación republicana, y convertido en estrella en México. Está cada día más viejo, más agotado y más enfermo y lo único que quiere es poder ver estrenada esa última película, ese pedazo de su tierra al que ya no espera volver a ver.

Cuando se conocieron en 1957, Welles lo convocó para que encarnara al viejo manchego, convencido de su idoneidad por su mirada cansina, su delgadez y la capacidad de volverse loco en medio de un a escena. La idea original había surgido como un proyecto televisivo para la PBS americana, pero Orson se enamoró del texto de Cervantes y decidió que lo haría un film largo y a su manera. Improvisó el dinero del presupuesto de su propio bolsillo y de amigos como Frank Sinatra e hizo las valijas para México, donde acababa de filmar Touch of Evil con Charlton Heston. La trama iba a ser una versión moderna donde el Quijote y su fiel Sancho se encontrarían recorriendo las calles de México D.F. en la actualidad.

El problema llegó cuando, tras apenas unas semanas de filmación, Welles, como era de costumbre en sus producciones, se había patinado la guita y estaba en rojo por varios miles de dólares. Decepcionado y bajo presión por los intereses de sus otros films, el director decidió suspender el proyecto hasta próximo aviso, pero jamás lo abandonó. Durante las siguientes décadas haría lo imposible por conseguir que le cerraran los números: aceptaría encargos en cine y televisión, regresaría a la actuación a duras penas con un notable sobrepeso pero con la personalidad intacta, filmaría en España –donde su actor principal no podía ingresar-. En el ínterin, la actriz infantil que protagonizaba a la pequeña Dulcie –una versión de Dulcinea- entró en la adolescencia y debió ser reemplazada. Aquí fue cuando, un enfermo Reiguera decidió pedirle que apurara las cosas como un último deseo antes de partir.

Welles no cumplió. En 1969 Reiguera moría habiendo filmado todo lo que se le había pedido pero sin ver un centímetro de algo que pudiera considerarse una escena coherente. El tiempo también se llevó al actor que interpretaba a Sancho Panza e incluso terminó por cambiar la trama original de la película. Welles se tomaría el proyecto como algo personal y le dio mil y una vueltas: en 1982 aún hablaba del “Quijote” como si estuviera a punto de terminarlo, declarando que incluso ya ni siquiera necesitaba a sus desaparecidos intérpretes.

Pero cuando también le tocó a él morirse de un infarto tres años después, lo único que había dejado tras de sí era una colección de rollos sin indicaciones ni marcas de ningún tipo, de modo que nadie salvo él mismo pudieran poner orden a ese maravilloso desastre. Porque era, sin exagerar lo más mínimo, un gran caos: tomas con tres décadas de diferencia, distintos actores en locaciones contradictorias, incluso había una gran variedad de calidad donde contrastaban aquellas escenas bien producidas contra las que se filmaron a los ponchasos financieros.

La maldición continúa
El fracaso de Orson Welles resultaría ser legendario en el mundo del cine. Algunos incluso le endilgarían la culpa a éste film y no al “Ciudadano…” –y la subsiguiente pelea con el poderoso William Hearst-, la culpa de la célebre mala suerte fílmica que arrastraría Welles hasta sus últimos días.

Tal vez fue por este mismo desafío que, quince años después de la muerte del magnífico Orson, Terry Guilliam decidiera demoler la maldición del Quijote dirigiendo su propia versión. Guilliam es un director que, además de la nacionalidad, comparte con Welles la pasión obsesiva por el arte, los desafíos estéticos y el mote de “director maldito”. Sus propuestas atrevidas y surrealistas, y el gusto por mesclar el humor con tramas oscurísimas lo han convertido en el rey de lo bizarro. Este individualismo es algo que le jugó a su favor en películas como Brazil y 12 Monos, y muy en contra en Las Aventuras del Baron Münchhausen –una favorita personal- o la depresiva Tidelands. Sus fracasos, sin embargo, le granjearon la antipatía permanente de los grandes financistas de Hollywood; y al igual que Welles, debió invertir de su bolsillo o remover piedras para juntar la plata de sus siguientes producciones.

En esas condiciones fue que, este ex miembro de los Monty Pythons, puso en marcha “El hombre que mató a Don Quijote”, con un elenco que incluía al francés Jean Rochefort como el caballero loco y a Johnny Deep como un Sancho Panza moderno transportado a la antigüedad literaria. Se empezó a filmar en España y contó con la financiación de 30 millones de dólares de inversores privados.

El problema fue que, como le suele ocurrir a Guilliam en todas sus producciones, a las pocas semanas de comenzar la guita se había disparado por varios millones. Para colmo de males, Rochefort se enfermaría a tal punto que no podría subirse a un caballo y una tormenta tan inesperada como súbita inundó y se llevó el equipo de filmación en un exterior.

El periplo terminó otra vez con la maldición riéndose al último y con un resignado Guilliam, endeudado hasta las orejas, produciendo un agridulce documental llamado “Perdidos en La Mancha”; una genialidad y un indispensable para cualquiera que quiera aprender como se hace –y se fracasa haciendo- una película independiente.

¿Es este el punto final de la historia? De ninguna manera. Un Terry Guilliam ya bastante más viejo, se negó a despegarse del proyecto. El resultado fue un sorpresivo anuncio de que la película estaba terminadas en 2017, sin Depp que anda ahora de capa caída, ni Rochefort, que murió ese mismo año (de hecho John Hurt, otro candidato, terminó muriendo de cáncer antes de empezar). Los protagonistas serían Adam Driver como Toby Grisoni y Jonathan Price como el Quijote. La película se estrenó en Cannes en marzo de 2018.

Les pregunto entonces, ¿Creen que se terminó la maldición? De ninguna manera, desde su estreno 17 años después de comenzar el proyecto, la película ha entrado en un limbo judicial debido a que otras personas reclaman sus derechos de distribución. El resultado fue que poca gente pudo verla en cines… pero quienes la vieron aseguran que es un lio, una ensalada poco saludable y menos comprensible de un proyecto que perdió su lustre hace mucho, como la película de Welles, enterrada en la obsesión de su director.-